El Panadero Que Defendió La Dignidad De Un Albañil Y Cambió Un Barrio

El lunes siguiente, Miguel no vino.

Pensé que estaría en otra obra.

El martes tampoco.

El miércoles miré la puerta demasiadas veces.

La campanita sonaba con otros clientes, pero no era él.

Uno aprende las rutinas de la gente sin darse cuenta.

La señora que compra pan sin sal.

El chico que siempre llega tarde y pide café para llevar.

El jubilado que finge que solo viene por una magdalena, pero se queda hablando veinte minutos.

Y Miguel.

Miguel a las ocho y diez.

Dos porciones.

Monedas exactas.

Buenos días, Andrés.

El jueves, cuando ya estaba limpiando la bandeja de empanadas, entró Lucía.

Sola.

Traía la mochila colgada de un hombro y el pelo más despeinado que el sábado.

Me preocupé al verla.

—Lucía, ¿todo bien?

Ella se quedó en la puerta, apretando las manos.

—Mi papá dice que no puede venir.

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