Llevaba unos zapatos limpios, pero algo gastados en la punta.
Tenía los ojos grandes.
De esos ojos que observan antes de confiar.
—Buenos días —dijo bajito, aunque ya eran casi las dos.
—Buenos días, artista —le respondí.
Se puso roja al instante.
Miguel se aclaró la garganta.
—Quería verlo.
Yo no tuve que preguntar qué.
Salí de detrás del mostrador y señalé el dibujo.
—Está en el mejor sitio de la panadería.
Lucía lo miró.
Después me miró a mí.
—Le hice el delantal muy grande.
—Me favorece —le dije serio.
La niña soltó una risa pequeña.
Miguel también.
Y juro que, por un momento, la panadería se llenó de algo que no venía del horno.
Les preparé dos porciones de empanada.
Miguel quiso pagar las dos, como siempre.
—Hoy pago yo una —dije.
Él frunció el ceño.