El Panadero Que Defendió La Dignidad De Un Albañil Y Cambió Un Barrio

Pero la gente lo miraba.

Algunos sonreían.

Otros se quedaban callados.

Una señora mayor, de esas que compran una barra pequeña y preguntan por todo el barrio, se acercó un día al mostrador y me dijo:

—Andrés, ese dibujo calienta más que la cafetera.

Me reí.

Pero tenía razón.

Había algo en aquellas letras torcidas que cambiaba el aire del local.

“Aquí el pan sabe a casa.”

No decía “el pan está bueno”.

No decía “la empanada está rica”.

Decía casa.

Y para alguien que lleva toda la vida abriendo una puerta a las seis de la mañana, esa palabra pesa mucho.

Un sábado, casi al cerrar, Miguel apareció con Lucía.

La niña entró pegada a su padre, como si quisiera esconderse detrás de él.

Era menudita, con el pelo castaño recogido de cualquier manera y una mochila rosa que ya había visto mejores días.

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