No quería que nadie se acercara a mí por mi dinero.
Cuando nos casamos, le expliqué a Dominik que mi familia tenía inversiones y que prefería mantenerlas fuera de nuestra vida matrimonial.
Él nunca preguntó demasiado.
En aquel entonces, decía que le gustaba mi sencillez.
Con los años, aquella sencillez comenzó a avergonzarlo.
Nunca investigó quién había sido mi madre.
Nunca quiso conocer la historia de mi abuelo.
Y cuando mencionaba mis proyectos culturales, me interrumpía para hablar de sus negocios.
Richard respetó mi decisión de mantener mi vida privada separada del patrimonio familiar.
Hasta aquella semana.
Tres días antes de la gala, había aceptado asumir públicamente la presidencia del consejo de la fundación y mi representación en varias empresas del grupo.
No lo hice por Dominik.
Lo hice porque ya estaba preparada para continuar el trabajo de mi madre.