Llevé a mi madre de 74 años a una residencia de ancianos porque mi esposo ya no quería vivir con ella. Pero tres días después, cuando regresé, la encontré rodeada de desconocidos. Uno de ellos se acercó a mí y me dijo: «Su madre nos lo ha contado todo. Ahora le toca a usted conocer la verdad…»

También había transferencias bancarias que necesitaban explicación.

Patricia fue muy clara:

—No vamos a acusar a nadie sin comprobar los hechos. Pero su madre tiene derecho a conocer sus cuentas, disponer de sus ingresos y decidir dónde quiere vivir.

Mi madre asintió.

—Yo no quiero meter a nadie en problemas. Solo quiero recuperar mi tranquilidad.

La abogada sonrió con dulzura.

—Y eso es exactamente lo que vamos a intentar conseguir.

Durante las semanas siguientes, reunimos contratos, recibos y extractos bancarios.

Descubrimos que una parte importante de los ingresos del apartamento se había utilizado para pagar gastos personales de David.

También había varias transferencias que él no había podido justificar.

La investigación continuó.

Mientras tanto, mi madre recibió apoyo de un trabajador social y de un médico independiente.

Su memoria estaba algo afectada por la edad y el estrés, pero no tenía el deterioro grave que David había insinuado.

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