Y terminé descubriendo algo mucho más importante.
Que una familia no siempre está formada por las personas que comparten una casa.
A veces está formada por quienes aprenden a respetarse, a reparar sus errores y a no hacer que los niños paguen por las decisiones de los adultos.
Y cuando Chloe me preguntó una tarde si podía seguir llamándome «mamá Clara», le respondí:
—Puedes llamarme como te haga feliz, cariño. Lo importante es que nunca tengas que dejar de querer a nadie para demostrar que quieres a otra persona.
Porque el amor verdadero no obliga a elegir. No exige ocupar el lugar de nadie. Y, sobre todo, nunca utiliza el corazón de un niño como campo de batalla.