Aquella frase terminó de convencerme.
No había arrepentimiento.
Ni vergüenza.
Ni siquiera una mínima comprensión del daño causado.
—Chloe, voy a decirte algo que deberías haber aprendido hace mucho tiempo. El dinero puede comprar una casa, pero no convierte a nadie en una persona decente.
Colgué.
Después llamé a Marcus.
—¿Cómo va todo?
—Los procedimientos están en marcha. Hemos revocado las autorizaciones que estaban dentro de tus facultades y solicitado las medidas judiciales necesarias respecto a los bienes afectados por las irregularidades que detectamos.
—¿Y los documentos?
—Los tenemos todos.
Me quedé en silencio.
Porque había otra razón por la que había llamado a mi abogado aquella mañana.
Y no tenía nada que ver con las bofetadas.
3. Lo que mi hijo había estado haciendo a mis espaldas
Seis meses antes, nuestra directora financiera, Margaret, había solicitado una reunión privada conmigo.