Lógica perfecta.
—A veces los adultos necesitan papeles para algunas cosas.
—Qué tontos.
—Muchísimo.
El resultado llegó cuarenta y ocho horas después.
Probabilidad de paternidad:
99,9999%.
Me quedé mirando.
No era sorpresa.
Aun así mis manos temblaron.
Dos niños.
Mis hijos.
Había sido padre durante tres años y medio sin saberlo.
Llamé a Clara.
—Llegó.
—Lo sé.
—Son míos.
Silencio.
—Sí.
—Quiero verlos.
—Hoy tienen natación.
No sabía.
—¿Natación?
—Los jueves.
—Puedo esperar.
Clara suspiró.
—Ven a las siete.
Llegué a las seis cincuenta y cinco.
Esperé en el coche hasta las siete.
No quería darle una razón para decir que invadía.
Subí.
Theo abrió.
—¡Señor parecido a mí!
Me quedé inmóvil.
Clara gritó desde dentro:
—Theo, no abras puertas solo.
—Pero es el señor.
—Precisamente.
Me miró.
—Pasa.
El apartamento era pequeño.
Dos habitaciones.