Silencio.
—Y eso me enfadó.
Por primera vez entendí algo sobre Patricia.
No la perdonaba automáticamente.
Pero entendía.
A veces las personas convierten sus heridas en reglas para los demás porque admitir que podían haber elegido diferente les duele demasiado.
—Lo siento —dijo.
—Gracias.
—No espero que volvamos a ser familia.
—Bien.
Sonrió.
—Eso dolió un poco.
—Lo siento.
—No, no lo sientes.
—No demasiado.
Se rio.
Y, contra todo pronóstico, yo también.
No nos hicimos amigas.
Pero dejamos de ser enemigas.
Eso fue suficiente.
Casi tres años después de la boda cancelada volví a ver a Daniel.
En otra boda.
La ironía era tan perfecta que me dieron ganas de reír cuando lo vi entrar.
Venía acompañado.
Una mujer morena, alta, con un vestido verde.
Daniel me vio al mismo tiempo.
Durante un segundo ambos quedamos quietos.