—Salvador —dije con voz firme—, vas a redactar una declaración jurada ahora mismo.
El anciano retrocedió en la silla, abriendo los ojos desmesuradamente:
—¡No! ¡Me matarán! ¡Ya te lo dije!
—Nadie sabrá que la tienes hasta que llegue el momento —dije, sacando de mi bolso un cuaderno y un bolígrafo con mi mano izquierda y arrojándolos sobre la mesa de fórmica—. Si Julián muere y Camila asume el control del fideicomiso, tú serás el siguiente cabo suelto que eliminarán para limpiar el expediente de la familia. Tu única garantía de seguir respirando es que yo tenga en mis manos un testimonio que obligue a Mateo a mantenerte con vida para interrogarnos a ambos.
Beltrán miró el bolígrafo sobre la mesa como si fuera una serpiente venenosa.
Sus dedos temblaban visiblemente.
El pánico a la muerte inmediata luchaba en su interior contra el terror residual a los Mendoza que lo había consumido durante diez años.