Teresa había desaparecido de la vida pública dos años después del escándalo, jubilada de forma anticipada con una pensión sospechosamente generosa.
—¿Dónde está Teresa ahora? —exigí, dando un paso más hacia él.
—Vive en la residencia geriátrica “San Gabriel”, a las afueras de la capital —respondió Beltrán en un susurro casi inaudible—. Está senil, o al menos eso dicen. Pero su hijo… su hijo trabaja como guardia nocturno en el archivo general del hospital donde solías trabajar.
La red comenzaba a cerrarse en mi mente.
Las piezas dispersas durante diez años en el lodo del olvido comenzaban a alinearse con una lógica aterradora.
Camila no había venido sola por un capricho nostálgico.
Sabía que su tía estaba perdiendo la razón en el geriátrico y que el libro de narcóticos en el sótano del hospital seguía siendo una bomba de tiempo lista para estallar si una auditoría externa ponía sus ojos sobre los archivos físicos antes de la muerte de Julián.