En el centro, había una mesa de fórmica quemada por colillas de cigarrillos y dos sillas de madera desvencijadas.
Beltrán se dejó caer pesadamente sobre una de las sillas, pasándose ambas manos temblorosas por el rostro demacrado.
—¿Qué quieres de mí, Valeria? —preguntó con la voz rota por el agotamiento—. Mírame. Soy una piltrafa humana. Perdí mi licencia médica, mi mujer me abandonó hace ocho años y mi único hijo se suicidó en prisión por deudas que los Mendoza compraron para mantenerlo como rehén. Ya no tengo nada que puedan quitarme, excepto este pellejo podrido.
Sentí una punzada de amargura en el fondo del pecho, pero no permití que la compasión nublara mi juicio.
Él había elegido callar cuando mi vida y la de mi hijo estaban en juego.
Sus desgracias no borraban su cobardía.
—Quiero la bitácora del catorce de septiembre —dije, permaneciendo de pie junto a la mesa con el brazo inerte oculto en el abrigo—. Quiero el registro de la medicación anestésica que le administraste a Camila y la prueba hematológica del feto.