El anciano enmudeció.
Sus labios secos temblaron sin poder articular una sola sílaba.
La cadena de seguridad tintineó contra el marco.
Durante un minuto interminable, el único sonido en el callejón fue el aullido del viento colándose entre los cables eléctricos y el jadeo asmático del anciano.
Despacio, con una mano que parecía una garra arrugada, Beltrán descorrió el pasador de seguridad.
La puerta se abrió de par en par.
—Entra rápido —masculló, mirando con pánico hacia ambos extremos del callejón antes de cerrarla a mis espaldas y echar tres cerrojos distintos.
El interior de la vivienda apestaba a tabaco rancio, a sopa de sobre recalentada y a orina de gato.
El pasillo era un túnel oscuro flanqueado por pilas desordenadas de revistas médicas viejas y botellas vacías de ginebra barata.
Me condujo hasta una pequeña sala de estar iluminada por una sola bombilla amarillenta que colgaba de un cable pelado en el techo.