Beltrán dejó escapar una risotada histérica y desdentada que terminó en un acceso de tos seca.
—¡Rehabilitación! —graznó escupiendo una brizna de saliva—. ¡Esos cerdos jamás rehabilitan a nadie! Te van a hacer firmar un acuerdo de confidencialidad absoluto y luego te encontrarán ahogada en cualquier cala solitaria con una sobredosis de barbitúricos en la sangre. ¡Así es como operan los Mendoza, Valeria! ¡Siempre ha sido así!
—Lo sé —respondí, mirándolo fijamente a los ojos—. Por eso vine por ti.
Beltrán sacudió la cabeza con violencia, retrocediendo hacia la penumbra del pasillo:
—Yo no tengo nada que decirte. No sé nada. Todo se quemó.
—No me mientas, Salvador —dije, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro afilado como una navaja—. Conozco tus manías médicas desde hace quince años. Eras el único anestesiólogo del hospital que guardaba una bitácora duplicada en papel carbón de cada procedimiento clandestino que don Julián te obligaba a realizar en el quirófano tres. Decías que era tu “seguro de jubilación” por si algún día intentaban culparte de una mala praxis.