Vivir bajo el mismo techo que Sebastián requería una actuación digna de una premiación cinematográfica.
Cada beso de despedida antes de salir a la oficina era una puñalada silenciosa.
Cada vez que rozaba mi hombro en la sala de juntas, mi piel se erizaba con un rechazo visceral que debía sofocar detrás de una sonrisa profesional.
En la sede de Grupo Innova, una torre de cristal de cuarenta pisos que dominaba el horizonte de la ciudad, Camila se movía con una altanería creciente.
Su embarazo ya rondaba el sexto mes.
Aunque utilizaba vestidos holgados de diseñador, su silueta evidenciaba la maternidad inminente con orgullo apenas disimulado.
Camila tenía veintiséis años, ojos almendrados y una dulzura fingida que utilizaba para manipular a los directores de área.
Cada vez que entraba a mi oficina con carpetas de firmas, su perfume a flores blancas, penetrante y dulzón, saturaba el ambiente.