El heredero de la infamia

—Vuelvo antes del anochecer, Joaquín —le susurré al pequeño cofre de madera—. Mamá va a buscar la verdad que te robaron.

Salí por la puerta trasera del dispensario que daba directamente a los callejones arenosos del pueblo, evitando la vía principal donde el vehículo utilitario gris de Camila podía estar apostado vigilando mis movimientos.

Caminé entre las casetas de los pescadores, con el olor a brea y redes húmedas llenándome los pulmones.

Subí al autobús de línea destartalado que conectaba los pueblos de la costa.

El trayecto duró casi dos horas interminables por una carretera serpenteante que bordeaba los acantilados.

El traqueteo del motor diésel y el vaivén del vehículo hacían que mi hombro atrofiado latiera con un dolor sordo y pulsátil.

Cerré los ojos, pero la oscuridad solo traía de regreso las imágenes del parto prematuro.

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