El heredero de la infamia

Giró sobre sus talones y salió a zancadas hacia el exterior.

La puerta de madera se cerró tras él con un golpe seco.

A través del ventanal agrietado, vi cómo subía a la camioneta blindada.

Los vehículos arrancaron con violencia, levantando una nube espesa de polvo que cubrió momentáneamente el letrero descolorido del dispensario.

Me apoyé contra el mostrador con la mano izquierda, sintiendo que las piernas me fallaban.

Respiré hondo tres veces, obligando a mi pulso a recuperar la calma clínica.

No había tiempo para temblar.

Una semana.

Mateo me había dado exactamente siete días antes de utilizar el poder del Estado para aplastarme de nuevo.

Tenía ciento sesenta y ocho horas para conseguir la pieza que faltaba antes de que me cerraran las puertas de este refugio.

Caminé hacia la pequeña antesala y abrí la puerta principal.

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