Podía oler la colonia amaderada que siempre utilizaba, la misma fragancia que impregnaba su ropa la noche en que me empujó contra el marco de hierro.
Sus pupilas estaban dilatadas, cargadas de una mezcla tóxica de deseo frustrado, orgullo herido y esa arrogancia de clase que jamás lo abandonaría.
—No voy a permitir que me rechaces indefinidamente, Valeria —susurró muy cerca de mi oído, con una voz ronca que intentaba sonar seductora pero solo resultaba amenazante—. Camila está dispuesta a pedirte perdón de rodillas si eso complace tu orgullo herido. Pero vendrás a la capital. Si no es por las buenas, haré que compren estos terrenos municipales y clausuren este dispensario por insalubridad médica antes de que termine el mes.
Me quedé completamente inmóvil.
No pestañeé. No retrocedí.
Lo miré directamente a los ojos, absorbiendo cada detalle de sus facciones: la ligera arruga en la comisura de sus ojos, la tensión en las venas de su cuello, la vanidad intocable de quien nunca ha pagado por una sola de sus atrocidades.