El aire se tornó irrespirable dentro de la habitación.
El quirófano tres era el quirófano de urgencias obstétricas del Hospital Central.
La sala exacta donde Camila fue intervenida en la clandestinidad a las tres de la madrugada hace una década.
Julián Mendoza, en su degradación neurológica terminal, estaba perdiendo el control sobre sus propios secretos.
El miedo de Camila el día anterior no era solo por la carpeta que vio en mi estante.
Era por lo que el anciano moribundo pudiera confesarle a Mateo en un momento de lucidez involuntaria si las dudas comenzaban a cercarlo.
—La demencia senil suele desenterrar recuerdos enterrados con culpa —observé, dando un paso lateral hacia el mostrador de recepción.
—Mi padre no tiene nada de qué sentirse culpable respecto a ti —cortó Mateo con sequedad defensiva—. Él fue el único que intentó calmar mi ira cuando descubrí lo que le habías hecho a Camila. Deberías guardarle gratitud.