El heredero de la infamia

Y si el patriarca fallecía sin que el escándalo estuviera formalmente sepultado, la distribución de la herencia y el testamento podían desatar una auditoría externa sobre los desvíos financieros a la “Residencia Lucerna”.

Mateo no había venido por remordimiento.

Mateo no había venido por amor ni por una repentina epifanía moral.

Había venido porque necesitaba controlar todas las piezas del tablero antes de que el testamento de su padre fuera abierto.

Y yo era el cabo suelto más peligroso de su imperio.

—Tu padre siempre fue un hombre muy previsor —comenté con una entonación perfectamente plana, midiendo cada sílaba con precisión de bisturí.

Mateo frunció levemente el ceño, detectando algo extraño en mi tono, pero incapaz de descifrarlo:

—Está senil, Valeria. Apenas balbucea incoherencias la mayor parte del día. Ayer por la tarde, cuando mencioné que vendría a buscarte, comenzó a llorar como un niño aterrado y a repetir una frase absurda sobre el quirófano tres.

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