—¿Sigues guardando historiales clínicos del hospital central? —preguntó distraídamente, rozando el lomo del documento con la punta del guante—. Creí que habías quemado todo lo que te recordaba a tu carrera médica.
—Son registros de vacunas de niños de la zona que transferí cuando me mudé —mentí con una frialdad matemática, sin alterar el ritmo de mi respiración—. El papel de archivo oficial escasea en este pueblo. Reutilizo el cartón viejo.
Mateo retiró la mano del documento sin abrirlo.
Un alivio helado recorrió mis venas, aunque no bajé la guardia ni un milímetro.
Él se giró hacia mí, dejando el estuche de terciopelo azul sobre la mesa de madera.
Con un movimiento grácil de sus dedos, abrió el broche plateado.
En el interior, descansaba un brazalete de platino macizo incrustado con zafiros de Birmania y pequeños diamantes en corte brillante.