—No toco dinero manchado de sangre —respondí desde la puerta, manteniéndome a una distancia prudencial.
Mateo dejó escapar una exhalación de fastidio, como si estuviera lidiando con una paciente desquiciada a la que debía tratar con infinita paciencia terapéutica.
Caminó hacia la repisa donde descansaba la urna de mi hijo.
El aire se me congeló en los pulmones.
Cada músculo de mi cuerpo se tensó como la cuerda de un arco a punto de quebrarse.
Si ponía un solo dedo sobre las cenizas de Joaquín, estaba dispuesta a clavarle las tijeras de disección que guardaba bajo el mostrador directo en la carótida.
Sin embargo, su atención no se centró en la urna.
Se desvió hacia la carpeta médica que descansaba justo al lado.
Mateo extendió la mano hacia el expediente de cartón.
El corazón me dio un vuelco salvaje contra las costillas, pero mi rostro permaneció como una máscara de piedra.