—La Iglesia no repara huesos destrozados ni devuelve la respiración a los niños muertos —contesté, manteniendo los ojos fijos en los suyos sin pestañear.
Mateo tragó aire con fuerza, apretando el estuche de terciopelo contra su palma.
—Basta de dramatismo innecesario —dijo, dando un paso adelante y forzando su entrada al dispensario sin pedir permiso.
El chófer intentó seguirlo, pero Mateo levantó una mano enguantada para detenerlo en la puerta:
—Quédate afuera y no dejes entrar a nadie.
Mateo ingresó en la pequeña sala de espera.
Sus zapatos de suela de cuero crujieron con estrépito sobre el linóleo desgastado.
Paseó la vista por las paredes encaladas, los frascos de yodo alineados en las vitrinas de metal y la vieja camilla de hierro cubierta por una sábana blanca remendada.
Su presencia imponente y lujosa resultaba obscena en medio de tanta precariedad.
—Es indignante que vivas en estas condiciones —dijo, pasando un dedo enguantado sobre la superficie de una mesa auxiliar y comprobando la ausencia de polvo—. Tienes a tu disposición la mitad de las cuentas fiduciarias que dejamos abiertas tras la separación. Jamás retiraste un solo euro.