El heredero de la infamia

Sebastián asintió, visiblemente aliviado por mi supuesta docilidad.

No sospechaba que cada palabra mía estaba calculada para adormecer su estado de alerta.

La investigación formal comenzó dos días después, en una cafetería discreta de San Jerónimo, lejos de las miradas indiscretas de San Pedro.

Contraté a Mateo, un exinvestigador financiero que había colaborado en fraudes bancarios de alto perfil.

Mateo no hacía preguntas morales; solo cobraba en efectivo y entregaba datos verificables.

Le deslicé un sobre manila que contenía los extractos preliminares y los datos que había memorizado del teléfono secundario de mi esposo.

—Necesito el rastreo completo de las cuentas puente de Grupo Innova durante los últimos dieciocho meses —le dije sin rodeos, sosteniendo su mirada penetrante—. Especialmente las transferencias autorizadas únicamente por la dirección ejecutiva hacia fondos fiduciarios en Panamá o Delaware.

Mateo abrió el sobre, hojeó los primeros folios y alzó una ceja poblada y canosa.

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