El heredero de la infamia

«Valeria, eres una mujer inteligente», me había dicho el patriarca con voz temblorosa en aquella cafetería apartada de la capital. «Si alguna vez Mateo pierde la cabeza por Camila, asegúrate de que esto permanezca a salvo. Es el único seguro de vida que tenemos».

En aquel entonces, creí que eran desvaríos de un anciano enfermo. Cuarenta y ocho horas después, estalló el infierno.

Hojeé el cuaderno con mi mano útil.

En las últimas páginas, escritas de puño y letra por Julián con una caligrafía temblorosa por el Parkinson incipiente, figuraban números de cuentas bancarias en Suiza y registros de transferencias mensuales con un concepto idéntico: «Gastos de mantenimiento – Residencia Lucerna».

Residencia Lucerna no era una propiedad inmobiliaria.

Era el sanatorio privado en las afueras de Barcelona donde Camila había estado internada supuestamente “huyendo del escándalo”, pero que en realidad era el lugar donde la recluyeron para dar a luz a un segundo término que jamás vio la luz pública.

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