El heredero de la infamia

Para destruir un roble centenario y podrido, no se golpean las ramas; se envenenan sus raíces en silencio.

Necesitaba reconstruir la cadena completa de pruebas.

Necesitaba los registros bancarios de los pagos que Julián Mendoza realizó al director del hospital para alterar los libros de guardia aquella madrugada fatal.

Y necesitaba encontrar al anestesiólogo que asistió aquella intervención clandestina: el doctor Salvador Beltrán, el único testigo vivo que huyó de la ciudad un mes después de mi linchamiento público.

La noche cayó sobre la costa con una lentitud sofocante.

El dispensario quedó a oscuras, iluminado únicamente por la luz parpadeante del único farol municipal de la calle de tierra.

No encendí las luces de la sala de espera.

Me senté en una silla de mimbre junto a la ventana lateral, oculta tras una cortina de lino desteñido.

A las once de la noche, el sonido sordo de un motor al ralentí interrumpió el murmullo de las olas rompiendo contra las rocas.

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