El heredero de la infamia

Dejaron que Mateo creyera que yo era un monstruo celoso que había inventado una calumnia para destruir a la “pura e inocente” hermanita.

Y Mateo, consumido por un complejo de protector ciego, se convirtió voluntariamente en el verdugo de su propia esposa.

Cerré la carpeta con un golpe seco.

Mis uñas izquierdas se clavaron en la palma de mi mano hasta sangrar ligeramente.

«¿Querías que lo dejara ir, Mateo?», pensé, sintiendo una corriente helada recorrer mi columna vertebral.

«Diez años… Me despojaste de mi profesión, mutilaste mi cuerpo, asesinaste moralmente mi dignidad y me obligaste a enterrar a mi bebé mientras tú te regodeabas en tu supuesta rectitud moral».

No habría reconciliación.

Tampoco habría un estallido prematuro.

Si les arrojaba ese papel en la cara en ese instante, el poder financiero de los Mendoza simplemente compraría a un juez, quemaría el documento y me internaría en un psiquiátrico bajo custodia policial.

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