No esperó mi respuesta.
Tomó a Camila por el codo con delicadeza paternal y la guio de regreso al sedán negro.
Antes de subir al asiento trasero, Camila giró la cabeza una fracción de segundo.
Nuestras miradas se cruzaron a través del aire salino.
No había vulnerabilidad en sus ojos. Había una amenaza latente, viscosa y desesperada.
Ella sabía lo que había en esa repisa.
Y yo sabía que, a partir de ese segundo exacto, el frágil santuario que construí durante diez años sobre las cenizas de mi hijo acababa de ser profanado.
El motor del automóvil rugió con suavidad antes de deslizarse por el camino costero, levantando una estela de polvo grisáceo.
Me quedé de pie en el umbral hasta que las luces rojas traseras desaparecieron en la curva del acantilado.
Solo entonces me permití respirar.
El aire me quemó la tráquea como si hubiera inhalado astillas de vidrio.