Había en su expresión una súplica infantil, el ruego desesperado del niño mimado que comprende, demasiado tarde, que el juguete roto jamás volverá a unirse.
—Mariana… ¿nunca me amaste de verdad?
Sostuve su mirada a través de los miles de kilómetros que nos separaban.
—Te amé tanto, Sebastián, que tardé siete años en darme cuenta de que tú solo te amabas a ti mismo a través del reflejo de tu vanidad.
Hice un leve movimiento de cabeza hacia el doctor Hoffman.
La pantalla se apagó al instante.
El zumbido de la transmisión cesó.
El silencio del salón suizo volvió a reinar, limpio y fresco.
Me puse de pie, caminé hacia los amplios ventanales de piso a techo y contemplé el lago de Ginebra extendiéndose bajo el cielo plomizo de la tarde europea.
A lo lejos, los cisnes se deslizaban sobre el agua sin perturbar el reflejo de las montañas nevadas.