El heredero de la infamia

La anciana cerró los ojos y bajó la cabeza, derrotada en lo más sagrado que poseía: las apariencias de sociedad.

Sebastián dejó caer los brazos a los lados de su cuerpo.

No había más gritos.

No había más amenazas corporativas.

Solo quedaba el cascarón vacío de un hombre que lo había tenido todo y lo había arriesgado en una apuesta miserable dictada por el egoísmo y la vanidad.

—Que Dios te perdone, Mariana —susurró doña Elena, persignándose con el rosario antes de dar media vuelta y encaminarse hacia la salida con pasos lentos y pesados.

—Dios ya me perdonó, señora —respondí en voz baja, aunque la anciana ya no me escuchaba—. Lo que no perdono soy yo.

Sebastián se quedó solo en medio de la inmensa sala de juntas desierta.

Fijó su mirada en la lente de la cámara por última vez.

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