El heredero de la infamia

Sebastián levantó la cabeza lentamente.

Sus ojos estaban enrojecidos, hinchados por el llanto impotente de la humillación pública.

—Mariana… por favor —suplicó él, extendiendo una mano temblorosa hacia la pantalla—. Empecemos de nuevo. Vuelve a Monterrey. La echamos a ella, el niño no existe para nosotros. Liquidamos el departamento de Valle Oriente y reestructuramos el consejo. Tú y yo construimos esto… eres mi esposa ante las leyes de Dios.

Una punzada de asco profundo me recorrió las entrañas al escucharlo invocar el sacramento que él mismo había pisoteado sin el menor remordimiento.

—Sebastián, el único vínculo que existía entre nosotros era la confianza en el laboratorio y en la vida íntima —le dije, mirándolo fijamente a las pupilas—. Y tú dinamitaste ambos el día en que decidiste que mi valor como socia dependía de la capacidad biológica de albergar a tu heredero.

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