Por primera vez en siete años, no había condescendencia ni desdén en sus ojos grises.
Había una derrota amarga, antigua, de esas que quiebran el alma de las familias que anteponen el linaje al honor verdadero.
—Mariana —dijo la anciana con la voz quebradiza por el peso de la vergüenza—. Has defendido lo tuyo con una crueldad que no creí que tuvieras. Pero reconozco la sangre fría de quien no se deja humillar por nadie.
Hizo una pausa, mirando de reojo a su hijo postrado en el suelo como un guiñapo.
—¿Qué vas a hacer con Grupo Innova? ¿Vas a dejar que la obra de tu suegro perezca bajo las deudas que compraste?
Miré a la matriarca con un respeto desprovisto de piedad.
—La obra de su esposo era un taller mecánico con deudas hipotecarias, doña Elena —respondí con serenidad absoluta—. La biotecnología, las patentes moleculares y los contratos de abastecimiento con las farmacéuticas alemanas los construí yo con mi intelecto, mientras su hijo se dedicaba a organizar comidas campestres y presumir trofeos en los clubes de golf.