Un nuevo documento apareció en pantalla: la factura original emitida a nombre de Camila Estrada Montemayor, liquidada en tres transferencias electrónicas provenientes de la cuenta fiduciaria que Sebastián le había abierto para sus «gastos personales».
Sebastián retiró la mano del hombro de Camila como si acabara de tocar un carbón encendido.
Dio un paso hacia atrás, tropezó con su propia silla y cayó de rodillas sobre la alfombra oriental.
Miró al suelo, con la boca entreabierta, babeando ligeramente por la comisura de los labios.
Toda su arrogancia, su orgullo patriarcal de macho norteño, su desprecio hacia mi supuesta esterilidad… todo se había reducido a un fraude grotesco pagado con su propio dinero.
Había blindado una clínica privada con quince guardias armados.
Había amenazado a su propia socia fundadora.
Había puesto en riesgo el patrimonio de su estirpe.
Todo para proteger al hijo de un donante anónimo de trescientos dólares.