Camila comenzó a jadear de forma histérica.
Sus ojos bailaban de un lado a otro de la sala, buscando auxilio en los notarios, en los abogados, en la pared, en el techo… en cualquier lugar menos en la mirada de piedra de la anciana matriarca.
—¡Es mentira! —chilló Camila, con un grito agudo que despertó al recién nacido, desatando un llanto estridente que perforó los micrófonos de la videoconferencia—. ¡Mariana compró a los laboratoristas! ¡Ella tiene dinero en Suiza para falsificar cualquier papel! ¡Sebastián, no le creas, por Dios santísimo te lo juro por la memoria de mi madre!
—¡No metas a Dios en esto, infeliz! —interrumpió doña Elena, poniéndose de pie con una agilidad que nadie hubiera creído posible para una mujer de su edad.
El bastón de la anciana temblaba contra el suelo de caoba.
Su rostro venerable, habitualmente hierático y severo, se había descompuesto en una máscara de indignación ancestral.