La anciana entrecerró los párpados, cargando cada palabra de un desprecio milenario.
—¿Y qué hiciste a cambio? Huyendo como una ladrona en la oscuridad, dejando a mi hijo en la ruina y a tu propia estirpe desamparada el mismo día en que Dios nos bendijo con el primer varón de la dinastía.
Sebastián asintió con fervor histérico, respaldado por la autoridad moral de su madre.
—¡Escúchala bien! —reclamó él, inclinándose hacia el micrófono de la mesa de conferencias—. Todavía tienes una oportunidad de firmar el acuerdo de restitución que redactaron los abogados. Si devuelves la titularidad de las patentes a la sociedad mexicana antes del mediodía, no presentaré cargos penales por administración fraudulenta.
Una media sonrisa, gélida y afilada como un fragmento de vidrio, curvó apenas la comisura derecha de mi boca.
—Sebastián, siempre fuiste un pésimo abogado y un peor estratega.