El heredero de la infamia

—Buenos días, doña Elena —dije, ignorando por completo la furia desbordada de Sebastián y clavando mi atención en la matriarca—. Espero que su salud se mantenga estable a pesar del bochorno regiomontano.

La anciana apretó las cuentas de su rosario hasta que las puntas de sus dedos perdieron la circulación y se tornaron blanquecinas.

No apartó sus ojos grises de los míos.

—Te presentas como una usurpadora, Mariana —habló doña Elena con esa cadencia pausada, autoritaria, acostumbrada a doblegar voluntades en las haciendas ganaderas y en los consejos de administración—. Te acogimos en esta familia cuando tu padre no era más que un químico quebrado de laboratorio provincial.

Hizo una pausa deliberada, apoyando su bastón de plata contra el suelo.

—Te di mi bendición en el altar de la catedral. Te entregué las joyas de la abuela de Sebastián con la promesa de que serías el pilar que preservaría nuestro apellido.

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