El heredero de la infamia

El silencio al otro lado del océano era tan sepulcral que podía escucharse el zumbido del sistema de climatización y la respiración asmática de doña Elena.

Sebastián se levantó de golpe.

Sus manos golpearon la superficie de la mesa con un estruendo sordo que hizo que el bebé se removiera ligeramente.

—¡Mariana! —rugió él, con una voz estrangulada, rota por la rabia y el agotamiento—. ¡¿Dónde carajos estás metida?!

Su dedo índice apuntaba a la lente como si pretendiera atravesar el cristal templado y alcanzarme la yugular.

—¡Has cometido una ilegalidad tras otra! —continuó gritando, con las venas de su cuello hinchándose como cables de acero—. ¡Vaciaste las reservas corporativas, transferiste las patentes en custodia irregular y tiraste el valor de la empresa en el piso de remates!

Un silencio de dos segundos cruzó la fibra óptica intercontinental.

Parpadeé una sola vez, despacio.

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