El heredero de la infamia

Sostenía entre sus brazos un bulto envuelto en una mantilla de encaje de lino bordado a mano con las iniciales «S. G. III».

El recién nacido dormía ajeno al matadero financiero y moral que lo rodeaba.

Camila no llevaba una gota de maquillaje.

Su piel lucía cetrina, marchita por el dolor quirúrgico, pero sus ojos almendrados se clavaban en el objetivo de la cámara con una furia desesperada, la de una fiera acorralada que ve cómo se le escapa el botín entre los dientes.

El murmullo de los tres notarios públicos y los asesores patrimoniales que llenaban la sala en Monterrey cesó en el instante exacto en que mi imagen apareció en pantalla completa.

Me mantuve erguida.

Llevaba un suéter de cachemira gris perla y el cabello recogido en un moño bajo, severo y limpio.

No había rastro de lágrimas en mis mejillas ni temblor en mis labios.

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