El heredero de la infamia

En la cabecera de la mesa de caoba estaba doña Elena viuda de Garza, la matriarca del clan.

Llevaba un vestido negro riguroso, su rosario de filigrana de plata enredado entre los nudillos artríticos y esa mirada inquisitiva, implacable, con la que gobernó la dinastía familiar durante más de cuatro décadas.

A su derecha, Sebastián.

El traje de tres piezas que solía lucir con soberbia parecía colgarle ahora de los hombros vencidos.

La camisa blanca, arrugada en los puños y desabotonada en el cuello, delataba más de cuarenta y ocho horas sin dormir, alimentándose únicamente de café amargo y desesperación.

Las ojeras violáceas hundían sus cuencas oculares como dos cicatrices de pólvora.

Y a su izquierda, sentada en una silla de ruedas médica con una manta de lana sobre las piernas hinchadas por la cesárea reciente, estaba Camila.

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