El heredero de la infamia

El anciano titubeó durante eternos segundos.

Su pluma estilográfica permaneció suspendida sobre la línea punteada.

Podía escuchar el goteo rítmico de un condensador en el fondo del laboratorio.

Finalmente, apoyó la punta de oro sobre el papel y estampó su rúbrica con trazo firme.

—Confío en ti, Mariana. Siempre has sido el cerebro ético de este lugar. Si tú caes, este proyecto se pudre.

—No voy a caer, doctor —le aseguré, tomando el documento con ambas manos como si fuera un lingote de oro—. Se lo prometo.

El verdadero desafío radicaba en la prueba biológica.

¿Cómo obtener ADN fetal sin levantar sospechas en una mujer que vivía resguardada y advertida?

Fue allí donde intervino el factor humano más impredecible: el doctor Morales, el ginecólogo obstetra de cabecera de Camila en la clínica privada de Monterrey.

Morales era un médico de renombre en la alta sociedad, pero Mateo descubrió una debilidad crítica: una deuda millonaria por apuestas clandestinas que lo tenía contra las cuerdas frente a prestamistas del norte.

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