La sábana de lino egipcio todavía guardaba la silueta tibia de su cuerpo, pero la frialdad del aire acondicionado ya ganaba terreno.
Me levanté sin hacer ruido, descalza, con una bata de seda que apenas rozaba el suelo.
La puerta de su vestidor estaba entornada.
Una rendija dorada cortaba la penumbra del pasillo principal con la precisión de un bisturí.
Me acerqué conteniendo la respiración, con esa intuición primaria que advierte del peligro antes de que el intelecto lo procese.
A través de la rendija, lo vi de espaldas, inclinado sobre la cómoda donde guardaba sus gemelos y relojes de colección.
Llevaba la camisa desabotonada en el cuello y el cabello ligeramente revuelto.
Sostenía un teléfono secundario, uno que jamás le había visto utilizar en reuniones corporativas ni en viajes de negocios.
Sus dedos tecleaban con una urgencia febril.