El heredero de la infamia

Giré sobre mis talones.

Acomodé el frasco de mi hijo dentro del bolsillo de mi abrigo de lana.

Crucé el gran vestíbulo con paso tranquilo, sintiendo cómo el eco de mis botas se alejaba para siempre de aquel antro de hipocresía aristocrática.

Don Anselmo, el anciano mayordomo, permanecía junto a la puerta principal abierta de par en par.

Tenía la cabeza inclinada en una reverencia solemne y sus ojos viejos estaban anegados en lágrimas de respeto absoluto.

—Que la Virgen la acompañe en su camino, doctora —susurró el anciano con voz quebrada cuando pasé a su lado.

—La Virgen nunca estuvo en esta casa, Anselmo —respondí con una sonrisa tenue—. Pero hoy mi hijo descansa en paz.

Descendí las escalinatas de mármol bajo el sol radiante del mediodía mexicano.

El aroma de las flores blancas del jardín me pareció, por primera vez, limpio de cualquier artificio.

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