El heredero de la infamia

Señalé a Julián Mendoza, que comenzaba a asfixiarse en el piso superior entre estertores agónicos de muerte, y a Camila, arrastrada por el suelo como un gusano descubierto bajo una piedra levantada.

—Vas a quedarte en esta mansión podrida, Mateo. Vas a enterrar a tu padre sabiendo que fue un monstruo abominable. Vas a mirar a tu hermana sabiendo que te utilizó como su perro de presa. Y cada vez que cierres los ojos para intentar dormir, vas a escuchar el llanto de Joaquín muriendo de neumonía mientras tú publicabas el video de mi parto para complacer a los periódicos.

Un gemido gutural brotó de la garganta de Mateo, que volvió a hundir la cabeza en el mármol, sollozando con la desesperación de un condenado a las calderas eternas.

Nadie en la sala se atrevió a moverse.

Las tías lloraban en silencio, cubriéndose la boca con pañuelos de encaje; los abogados guardaban los papeles en sus maletines con las manos rígidas de vergüenza ajena.

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