El heredero de la infamia

Mateo levantó la cabeza hacia su padre, como si contemplara a un demonio salido de las sombras.

—¿Papá? —susurró Mateo, con las lágrimas corriendo por fin por sus mejillas curtidas por el orgullo—. ¿Fuiste tú? ¿Todo este tiempo… fuiste tú?

Julián Mendoza no miró a su hijo.

Toda su atención estaba concentrada en el frasco de vidrio que yo sostenía contra mi pecho.

El anciano cayó de rodillas en el rellano de la escalera, golpeándose contra los barrotes de hierro forjado.

Sus manos arrugadas y cubiertas de manchas seniles se extendieron hacia el vacío en un gesto patético de súplica ancestral.

—La dinastía… —balbuceó el viejo moribundo, con la baba cayéndole por la comisura de los labios—. Tenía que salvar… el apellido… Mateo… eras demasiado débil… la amabas tanto que habrías matado a cualquiera…

—¡La que pagó el precio fui yo! —mi voz retumbó en el vestíbulo con la fuerza de un trueno ancestral, cortando sus balbuceos seniles.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *