El heredero de la infamia

Mateo dio un traspié hacia atrás, como si hubiese recibido un impacto directo en el pecho.

Se llevó una mano al cuello de la camisa de seda, desabrochándose los dos primeros botones en un intento desesperado por respirar.

Sus ojos, desorbitados y anegados en un dolor primitivo, buscaron el rostro de Camila.

Ella no pudo sostenerle la mirada.

Bajó la cabeza, escondiendo la cara entre los pliegues de su falda oscura mientras un llanto convulso y desarticulado sacudía sus hombros.

—Camila… —pronunció Mateo, y su voz sonó como un quejido infantil, despojado de todo el poder y la altanería que lo habían definido toda su vida—. Dime que no es verdad. Mírame a los ojos y júramelo por Dios.

Camila guardó silencio, sollozando con la frente pegada al suelo de mármol.

Ese silencio fue la sentencia de muerte para el alma de Mateo Mendoza.

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