El heredero de la infamia

—La firma en el informe de prensa era una falsificación burda —continuó el abogado, señalando el renglón correspondiente con su pluma estilográfica—. En este libro físico, que lleva el sello lacrado de la Secretaría de Salud y la firma manuscrita de la jefa de enfermería, consta que la cirugía fue ejecutada a las tres de la madrugada por don Julián Mendoza personalmente.

Mateo sacudió la cabeza con violencia, negándose a procesar las palabras que golpeaban sus tímpanos.

—¡Mentira! —gritó, con la voz desgarrada por la desesperación—. ¡Mi padre era internista, no cirujano! ¡Él jamás entraría a un quirófano clandestino!

—Entró para encubrir su propia vergüenza, Mateo —intervine yo, alzando la voz con una serenidad implacable que retumbó contra las paredes señoriales—. Tu padre preñó a su protegida. La niña huérfana que trajo a esta casa jurando caridad cristiana era su amante desde los diecisiete años.

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