El heredero de la infamia

Uno de ellos, el licenciado Valdés, albacea histórico de la familia, estiró el cuello para leer el título grabado en letras doradas desgastadas.

—El libro de registro físico de estupefacientes del Hospital Central —dijo Valdés en voz baja, con un hilo de pavor profesional—. Esos registros se creían extraviados en la remodelación de hace ocho años…

—Nunca se extraviaron —afirmé, clavando los ojos en Mateo, que permanecía rígido como una estatua de sal—. Se escondieron para tapar el crimen de tu padre. Ábrelo tú mismo, Mateo. O si te tiemblan las manos para afrontar la verdad que te destruyó el alma, deja que lo lea tu propio albacea.

Mateo no se movió.

Su respiración era pesada, corta y sonora, como la de un toro acorralado en el ruedo.

Con una lentitud cargada de aprensión, el abogado Valdés se ajustó las gafas de carey y abrió el libro por la página marcada con una cinta de seda roja.

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