El heredero de la infamia

Sostenía entre sus manos un rosario de cuentas de jade, fingiendo una piedad conmovedora rodeada por tres tías lejanas y dos abogados del consorcio familiar.

Frente a la chimenea apagada, de espaldas a la entrada, se encontraba Mateo.

Hablaba en susurros nerviosos con el médico de cabecera de la familia, revisando unos papeles con la mandíbula apretada.

Mis pasos sobre el suelo de mármol pulido resonaron con un eco seco y seco.

Camila levantó la vista del rosario.

Al verme plantada en el umbral, con la ropa gastada, el cabello suelto azotado por el viento y la mirada fija como dos carbones encendidos, la sangre huyó de su rostro en un segundo.

El rosario de jade se le resbaló de los dedos, cayendo sobre la alfombra persa sin hacer ruido.

—Tú… —musitó, levantándose de golpe del sillón, con los ojos desorbitados por el espanto—. ¿Qué haces aquí? ¡Mateo! ¡Seguridad!

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