—¿Señora… Valeria? —pronunció con voz ahogada, retrocediendo hacia el vestíbulo señorial.
—Abre la puerta doble, Anselmo —ordené con una autoridad serena que no admitía vacilaciones.
El hombre, dominado por un respeto instintivo que ni diez años de calumnias habían logrado borrar, empujó los batientes de caoba labrada.
El vestíbulo principal olía exactamente igual que la noche en que me desterraron: a cera de abejas, a madera noble barnizada y a ese perfume sofocante de incienso litúrgico que usaban para disimular la podredumbre moral de la casa.
En el centro del salón, bajo la enorme lámpara de araña de cristal cortado, descansaba un crucifijo de plata maciza sobre un altar improvisado.
A un costado, sentada en un sillón orejero tapizado en terciopelo carmesí, estaba Camila.
Llevaba un vestido de luto riguroso, confeccionado en seda italiana, con el cabello negro recogido en una trenza impecable que caía sobre su hombro derecho.