Hacía diez años que no pisaba ese suelo.
El jardín delantero, diseñado con rosales blancos importados y fuentes de cantera barroca, estaba atestado de vehículos de lujo: berlinas alemanas, camionetas blindadas y el automóvil oficial del Colegio Médico Nacional.
Los sirvientes entraban y salían presurosos por la puerta de servicio, cargando arreglos florales de azucenas y coronas fúnebres anticipadas.
No entré por detrás como una criada clandestina.
Empujé la reja peatonal principal con mi mano izquierda y caminé con paso firme por el sendero empedrado.
El crujido de mis botas sobre la grava fina llamó de inmediato la atención del mayordomo mayor, don Anselmo, el anciano criado que había servido a tres generaciones de los Mendoza.
Al verme subir las escalinatas de mármol de la entrada, la bandeja de plata que sostenía en las manos se ladeó ligeramente, haciendo tintinear las copas de cristal.